jueves, 7 de abril de 2016

“CAMAFEOS” NAVEGA EN EL MAR DE LIBROS


  La Biblioteca como sendero

         
   No sé si es respeto reverencial lo que produce cuando se acude y se está en una Biblioteca. A la vista queda. La biblioteca es plataforma, apoyo continuado al libro para vivir, más allá de sobrevivir. Como todo, requiere tiempo, contexto, trabajo y hacer hueco.
         Los libros contemplan a los lectores, les hacen guiños cómplices; porque el visitante/usuario no se asuste ante tanto contenido, y que le suponga un estímulo para que, poco a poco, vaya internándose en el mar abierto de la lectura: travesía odiseica que se inicia y en la que no hay final —afortunadamente— en el horizonte: leer y sus consecuencias es hogar que se enciende, no vaso que se llena.

     La tecnología digital, aplicada al uso de los libros y su lectura, colabora decisivamente en el acercamiento de la Ciencia, de la Historia, de los relatos, de los poemas, de las imágenes…

      A estas alturas todo el mundo sabe lo que es una biblioteca y lo que se hace o se puede trabajar en ella.
      Hay un plus de bondad —más de uno— en la institución que tiene a los libros como epicentro de la sacudida cultural. Lo diré. 
     Capacidad y, también, la realidad de desarrollar actos en los que sea protagonista un libro cada vez, o más, concentrar sesiones de divulgación científica, de encuentro donde la poesía se haga verbo, o consiga arrancar sonrisas la literatura de humor; presentación de vídeolibros… ¡Tantas sendas y rutas!

 




     Cualquier proyecto literario-artístico germina del atractivo que engendran unos personajes y una historia. La literatura es una fuente de pensamiento que conduce a toda una constelación de ideas y prácticas.

     
Y con “Camafeos”, —su autor, Santiago Delgado—, la disciplina artística y conceptual, se convierte en vida y sensaciones. Esas historias, mostradas en la cercanía, se transforman en arte. Manera de imbricar el texto, el espacio y la voz que interpreta y atraviesa el aire hasta quienes quieran escuchar.
      Una vital experiencia, en la que se revisita a personajes vibrantes en momentos de la historia; trabajo cuajado de ideas, de viaje. Y de figuras que hablan de Oriente y del nuevo mundo a través de Occidente.

    
       La biblioteca, concebida como espacio en laberinto escenográfico, compuesto en tono coral, donde se congenian las ideas creativas, el libro, la lectura silenciosa y en alta voz. Biblioteca y personas; un discurso centrado en la palabra como materia, y la pintura como eco. Esta estructura posibilita la unión de lenguaje, sonido, color y espacio, con sus mutaciones.

   
        La concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Murcia ha acogido la propuesta de que se presenten libros en las bibliotecas de su gestión. Y hay una escenografía que, aunque sencilla, llama si quiera a mirar. Comenzamos en la “Río Segura” y confiamos en recorrerlas todas las del municipio.

        Forma leída e interpretada. (No sólo la poesía o el relato; “el teatro también se lee”). Obviamente estamos hablando de “Camafeos”, cuyo autor es el escritor Santiago Delgado, y que no es un libro de teatro, pero el dramatismo de sus historias camina con incidencia más allá de lo tangencial.   
     El camafeo es un texto de sensibilidad poética, una cadencia que se escenifica mientras se lee, pretende la complicidad de los asistentes. Cada camafeo tiene su peculiar brinco, que se entrecruza cuando dobla en el espinazo de cada uno de los libros de las estanterías o de los que están abiertos en las mesas.

        Se presentó en la Biblioteca “Río Segura”, con el impulso de su directora, Marita. A quien se le agradece con pleitesía devota su implicación, en la veneración de la biblioteca y sus oportunidades.

          Digamos algo del acto, en sí: el de lectura de camafeos, libro objeto de crónica.
         Pues el camino, como indicaba A. Machado, es una estela en el mar. Y se ha comenzado a surcar en esta biblioteca.

    Acude “Canna brevis”, grupo de Teatro Leído.

         Obligaciones ineludibles de trabajo y viaje y ¡ay… afecciones respiratorias! truncaron que estuvieran todos los componentes del grupo.
(Medea/Diana, Catalina/Leticia; Fátima/Loreto: no pudo ser. Quedó el hueco).

       Quienes allí leyeron para los asistentes, lo hicieron en superación, pulida, si es que eso es posible.

    Comenzó la presentación con la lectura de “Calypso”, en la sensible candencia y expresividad sentimental propia y distinguida de la voz natural de Charo Guarino.


     A quien siguió la “Fátima”, maestra del murciano universal Ibn Arabí; (¡ay, Loreto, que no pudiste asistir y leer con tu singularidad!).

  






          Para continuar con “Malinche”, la princesa primimexicana Malinalli, que se castellanizó al ser reconocida por Hernán Cortés como Doña Marina. Consumada y vibrante lectura hecha por Ángela Sánchez Lafuente, quien lo vive y lo transmite, haciendo que sus ecos sean acogidos más allá de los oídos de los presentes. 










   
    



           Se mostró a la sin nombre, a la resuelta sirvienta de tez oscura, a “La Mulata”, la pintura que Velázquez se grabó en su interior, en un instante espléndido: mirada fugaz y perenne vida en el cuadro. Leyó Juan Soriano.









         Contamos, -y destacamos-, con quien echó una mano y apostó su voz (las dos manos, el corazón y la cabeza) en compromiso con la lectura, con el personaje y con su magnífica interpretación. Nombro a Aurora Gil Bohórquez, escritora, persona comprometida, sensible ante la historia y el presente de las mujeres, que interpretó a la moza-sirvienta de ‘El Quijote’, “Maritornes”, en una inteligencia expresiva de antología; un lujo. Quienes lo vimos lo gozamos. 







   
    “Doña Mencía de Mendoza”, noble española del siglo XVI, descendiente de El Cid, a quien revive la sonora, firme y aterciopelada voz de Sonia Varó. 
       (Todas las veces, pienso que Sonia rinde un extraordinario homenaje a doña Mencía y que ésta le sonríe agradecida desde su descanso en Valencia).











     Y se concluyó con ‘Farjunda’, la mujer afgana, de 27 años, asesinada a pedradas en marzo de 2015, por un delito que no cometió.

         Interpretada por Pepa Alcaraz, con el ‘saber hacer, saber estar’ a que nos tiene acostumbrados y que, en cada ocasión, supera. 

   









 Como colofón, los comentarios de SØren Peñalver, invitado que, con su erudición y cercana sensibilidad, con el aporte de su opinión recorrió cada personaje en la noche bibliotecaria expuestos e interpretados, acto en el que se mezcla lo cultural y lo sensiblemente emotivo.
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     Nota.- ¡Ah, si aún no te has hecho con “Camafeos” ¿a qué esperas?

jueves, 24 de marzo de 2016

PRESENCIA EN LA MEMORIA PERMANENTE. (Evocación personal)


       In memoriam


Siempre  en ‘JUEVES SANTO’,
día del Amor Fraterno.

En sí mismo ya era día destacado. Jueves Santo de la liturgia (y perteneciente a esos "tres jueves que relucen más que el sol", expresado en el dicho popular). 
Para mí es relevante porque, en la relación entre mi padre y yo, como si de una acción de constante tallado artesano se tratara, cada inaugurada fecha anual de este día, incidía en la huella que fue su permanente desvelo y empeño: sentimiento de que la fraternidad fuera activa.

En esta ocasión, yo contaba con ocho años de edad, quizá no llegaba a los nueve.

Vino de la fábrica donde trabajaba, —este día era laborable—. Cesaba antes en el trabajo habitual, por encargo de sus jefes, propietarios y protectores de las imágenes religiosas, para otra ocupación circunstancial que quedaba inscrita en la jornada laboral. Le encomendaban ir a la iglesia del pueblo, junto a otras dos personas, mujeres, para el atavío de la imagen y el trono de La Dolorosa, —de escultor anónimo, imitación de la de Salzillo—, y había de quedar hecho antes de que comenzaran los Oficios religiosos y todo listo para la procesión de la noche. 
(También haría lo propio con san Juan, porque era el presidente de la cofradía. Y allí le aguardaba mi madre).

Ya estaba dispuesto mi padre para acudir a la iglesia, tras cambiarse de ropa, cuando llamaron a la puerta. Fue un reclamo enérgico. En aquellas fechas aún no había timbre eléctrico y se llamaba con los nudillos.
Abrí.
Una mujer, a la que yo conocía de verla por el pueblo, trababa con su brazo derecho a un niño que dormía en su regazo. En su mano izquierda portaba una capaza, que elevó abriendo la mano en señal de petición, mientras decía algo, para mí, ininteligible en ese momento, que transcribo así:

— “…día…. derno… la mohna… ves santo”.

—     ¿Cómo…? —le pregunté con tinte irónico, pues sólo había entendido la primera y última palabras, que repetí con sonsonete.  

Mi padre, que acudió por la robustez de la llamada, presenció la escena. 

De su bolsillo sacó una moneda de veinticinco céntimos (“un real de agujero”, se decía entonces) y se la dio a la señora, que la aceptó, dio las gracias y se fue.

Mientras cerraba la puerta, mi padre me aclaró con gravedad:

    —  ¿Tú sabes cuántas veces habrá dicho esta mujer eso mismo durante la mañana?  Nadie pide limosna por su gusto. Con eso no se bromea.
  
    —   No, papá; es que no he entendido lo que parecía decir. Y me ha hecho gracia.
  
    —    Hoy es día de pedir más que de costumbre, —me explicaba mi padre—. Sé que es poco lo que le he dado, pero no tengo ni puedo más. Y con estas cosas no se hacen chistes.

   —    ¿Qué tiene que ver el día? —pregunté, verdaderamente ignorante, ante la seriedad de mi padre.

   —    Es Jueves Santo, y esta mujer pide una limosna especial.

  —    ¡Ah…! No lo sabía. Entonces, hoy ¿se da más? —seguí en mi empeño de querer saber.

   —    No hay por qué dar más. Hay gente que no da nada; ni siquiera un trozo de pan, o una cuantas patatas o algo así. Para eso la mujer lleva la capaza. Si hubiera estado la mamá seguramente le habríamos dado comida.

   —    ¿Y cómo le sentaría si nada recibe?

   —    Pues supongo que no muy bien. Y más aún cuando se les niega con un: “¡Perdone usted por Dios, hermana; otra vez será!”

   —    ¿Y eso es así, y ya está?

   —    Por el día que es hoy, aunque sólo sea una vez al año, hemos de procurar compartir lo que tengamos, aunque sea poco.

   —    Es que no he entendido a la mujer, —me justifiqué—, lo siento.

   —     Ha dicho: “Día del Amor Fraterno: la limosna de Jueves Santo”, —reprodujo mi padre con claridad.

[Los diálogos, reconstruidos, lógicamente, intentan parecerse a lo que ocurrió. La intención es el reflejo de la actitud de mi padre y de que yo no pretendo quedar bien un montón de años después].

Lo recuerdo aún con cierto bochorno por no haber comprendido de lo que se trataba y lo que pudo significar una carencia de respeto hacia la mujer, con mi desafortunada expresión.

A su vez, lo reconstruyo y menciono con orgullo, porque mi padre, sin estridencia, pero con paciente seriedad y decisión, se esforzaba en hacerme entender estas cuestiones.

 Oímos una campana que tañía un hombre, como las que tocan los auroros. A su lado, un monaguillo portaba un farol. Detrás, el cura del pueblo caminaba concentrado, mirando al suelo, envuelto en un manto blanco.

     —  Viene el Viático, —me informó mi padre.
    
    — ¿Qué es el Viático? —pregunté, nuevamente.
    
   —    Es la comunión para los enfermos e impedidos; es el camino, la vía para ayudar a quien menos puede. Hay que acudir a quien no tiene posibilidades. Hoy es día de encuentro entre hermanos.

 
Mi padre abrió otra vez la puerta y se arrodilló al paso del Viático. Le imité el gesto sin dudarlo: si lo hacía mi padre, es porque eso es lo que había que hacer. 
Durante unos segundos estuvimos silenciosos, expectantes, al paso de la breve comitiva. Enseguida nos incorporamos. 
    
    —    Me tengo que ir, que se va haciendo tarde, —mi padre iba a lo de los arreglos procesionales. No sin antes decirme:
    
   —     “Recuerda: hoy es de los hermanos. Día del Amor Fraterno. Y los hermanos están para quererse. Y cuánto más necesiten, más cerca hemos de estar, como con la mujer que llamó a la puerta y pidió”.




 Eran tiempos oscuros, mi padre lo tenía claro.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Primavera en la noche, dolor de muerte irracional y un sencillo gesto esperanzado.

           La tarde fue seca y la lluvia quedó en el recuerdo de la mañana. No hacía frío. Por lo que salí a lo que se dice de “dar una vuelta y ver lo que hay”. Leo la oferta musical en la catedral, con un grupo de música que llaman “antigua”, aunque sigue vigente y tiene actualidad.
         Hay donde ir. 
   
      La noche es agradable y prefiero la calle. Suenan tambores desde plaza Apóstoles hacia plaza Belluga. Y me quedo a ver.


     Tras haber presenciado el desfile procesional duplicado del martes, Cristo de la Salud y Cristo del Rescate, regreso a casa.

  




     Siguen presentes en el pensamiento y vivos en el sentimiento los atentados de esta mañana en Bruselas. 

     La pregunta doble de “¿Por qué? ¿Para qué?” se estrella contra cualquier ángulo de razón.
   

    Avanzo por Trapería en mi vuelta. Mucha gente en la calle, unos caminando, otros hablando en corro.
  
Al doblar la esquina para seguir por Platería, inopinadamente, me encuentro con un grupo de hombres y mujeres que venían con cánticos religiosos.
      Se detienen ante una placa de cerámica que hay en la pared de esta calle de Platería, alusiva a la Virgen de la Aurora. Hay quien porta un instrumento de sonido a golpe de hierro quebrado en la madera: es la matraca. 
 (¡Cuánto tiempo ya sin haber visto alguna!). Al toque redoblado de la matraca, dos hombres dejan los faroles en el suelo y adelantan la cruz que portan en un mástil. Callan. Silencio.

       Quien muestra ser el guía, en voz alta, con decisión, nombra un cuarto misterio doloroso del Rosario, “Jesús carga con la Cruz”, pero abrevia el rezo a solo un ave maría. 
   
   
Tras unos segundos del grupo en silencio, y en la mirada expectante de los transeúntes, hace sonar de nuevo la matraca, se sitúa en cabeza y el grupo reanuda la marcha, camino hacia otro lugar en el que expresar sus palabras en el espacio abierto y en la noche.
       Lo inesperado y la sorpresa del grupo, (mi respeto absoluto, aunque observe desde flexible agnosticismo) que, además, muestran valentía al expresar sencillamente sus creencias en público y tiempos laicos, sigo mi regreso a casa.

   
    Nuevamente ha vuelto el recuerdo de los muertos en atentado esta mañana en la capital de Europa, Bruselas. Unos fanáticos salvajes —en el peor sentido de la palabra ‘salvaje’, sin paliativo—, tintados de religión islámica, ungidos de misión y martirio por una causa, se han suicidado con explosivos y han matado a más de 30 personas, y malherido a 230 más.
   Ninguna de las cuales esperaba un abrupto final ni un sobresalto doloroso. Una masacre horrenda, estremecedora, incomprensible para la razón.
    Aunque suene a sarcasmo, lo primero, tras el horror, es preguntarse cómo estas personas que dicen actuar en nombre de una religión, no se suicidan en un descampado, en un acantilado o en el desierto. Y, luego, que se piensen si ir a lugares habitados... Igual debe de ser el camino hacia los ríos de miel y el encuentro con decenas de vírgenes huríes que les prometen sus líderes y que sucederá tras la autodetonación.
      No les basta con eso. 
    Su programa es matar indiscriminadamente a cuanto mayor número de ‘infieles’ muertos mejor, esos que viven en una civilización distinta y en cualquier parte del mundo donde tengan resonancia su acción y su amenaza permanente.
       Creo que está claro.
      En Bruselas, el destruido paisaje humano y físico, hace crujir los cimientos de Europa y la confianza en el ser humano, que habrá que reconstruir con solidez, temiendo que broten sentimientos xenófobos y alambre de espinos por la diferencia.
     
Porque unos, con explosivos en su cuerpo y detonadores bajo un guante, siembran de muerte, desolación y dolor un aeropuerto y una línea de metro.
Inevitablemente, ha surgido el contraste, porque cualquier señal conduce a la existencia de lo incomprensible.

       
       En una calle murciana, modestamente, otras personas, sin más “armas” que un crucifijo en alto, dos faroles y una matraca, caminan por la calle mientras entonan sin estridencia cantos tradicionales. Y no generan miedo ni violencia. Todo lo más, indiferencia o quizá una sonrisa a su paso.  Caminan entre el respeto hacia y de los demás, lo propio de un espacio civilizado.

     
La vida no es fácil, y hemos comprobado que, con un trabajo programado, en cualquier lugar, con evidente voluntad de causar el mal, unos sectarios extremistas pueden arrebatarla.



       No hay motivos para dudas ni recovecos: es una acción de meditados preparativos, innegable y real, coyuntura perturbadora de una espiral que conduce a la muerte violenta del otro.
     El suicidio como la táctica elegida para solventar mediante la destrucción y el daño una dualidad que se pretende irreconciliable entre la creencia y la civilización. A los suicidas, como a los fontaneros, lo que les interesa no es el porqué de lo que hacen, sino el cómo.

        Y, entonces, qué pasa con quienes creen en el trabajo intelectual para formarse en el progreso, la convivencia y en la consideración del otro...
       
¡Qué suerte —¿se puede decir así?— haber nacido en territorios donde las ideas se pueden expresar pacíficamente!
Cualquier hecho ocurrido en la paz y en la convivencia no deja de sorprendernos y nos conduce desde lo desconcertante de la violencia hasta lo revelador de la libertad.

lunes, 21 de marzo de 2016

El PERDÓN y lo IMPERDONABLE. Religión y Filosofía.


Hace unos días coincidí, casualmente, con Leonor Jareño, profesora de piano jubilada, pianista activa y directora de coro. Me invitó a asistir, en plano elevado físicamente, el espacio que ocupa el Coro en la iglesia de san Antolín.


Desde la verticalidad celeste al inclinado, casi horizontal plano terrenal.



Me habló del acto que cada lunes santo se reproduce en la iglesia de san Antolín (en Murcia), con motivo del descendimiento para el besapié al Cristo del Perdón. Y que ya, para la tarde, que salga la procesión de la que es titular. 


El motivo de la invitación era el de contemplar desde otro ángulo, en la perspectiva opuesta, de arriba y atrás, el altar mayor visto desde el coro. Y seguir la evolución de la maniobra breve del descendimiento del Cristo hasta situarlo en nivel humano, el de los creyentes y devotos, y de quienes se acerquen para rendir homenaje con un beso reverencial en el pie.
Además de la deferencia hacia mí que esa invitación supone, quería conocer la perspectiva de este acto con tanto significado.

“PERDÓN” es un complejo concepto y una muy difícil práctica.
Disculpar a alguien que nos ha ofendido o no tener en cuenta su falta, dejar de exigir el pago de una deuda es asunto espinoso.
El Perdón, desde la religión, es motivo principal y se recoge en la oración ‘Padrenuestro’: “…perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

 Pero perdonar no significa aprobar la ofensa. O como si no la hubiera habido. Ni dejar que los demás se aprovechen de la disposición. En el Perdón hay generosidad amplia, pero no olvido.
Complejo significado con múltiples dificultades de aplicación.


En Filosofía, el Perdón es de importancia nuclear, porque es lo imposible mismo.
· ¿Qué se perdona?
· El perdón ¿debe tener un sentido?
· ¿Se puede perdonar a quien no ha pedido perdón?
· Si existe el perdón, entonces ¿existe lo imperdonable?
· Si sólo se estuviera dispuesto a perdonar lo que parece perdonable, entonces la idea del perdón se desvanece.

· ¿Se perdona algo o se perdona a alguien?

· ¿Y la idea del perdón incondicional, gratuito, infinito?

El perdón perdona sólo lo imperdonable, dejó dicho el filósofo francés J. Derrida, para quien el perdón nunca es puro ni desinteresado.
Lo que hace del hombre un hombre es su capacidad de perdonar, es una posibilidad humana, pensó la filósofa Hannah Arendt.

No es tema fácil.

Volvamos por donde empezamos, el Coro de la iglesia.
12 del mediodía. El párroco pide silencio.

 El órgano suena y la voz educada de la solista del coro atraviesa el aire del templo con modulada decisión, cantando el soneto:

“No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte. (…)”

Toma la palabra el obispo de la diócesis, monseñor Lorca Planes, quien, en breve intervención, habla de fe, confianza y de compartir.
Hace un guiño a la audiencia y manifiesta que esta tarde no lloverá, la procesión saldrá.


Y… si llueve y no sale, que se le perdone; y que, en cualquier caso, la lluvia en Murcia se recibe como un don.






Comienza el “Besapié”, en una iglesia abarrotada, mientras se canta el himno al Cristo del Perdón.




El Coro inicia el rezo/canto del Vía Crucis.


Con la música del canon de Pachelbel, coordinada desde piano y con sonido participativo de las castañuelas, me ausento. 



Este momento, en el que agradezco la invitación, lo tomo y lo tengo como una experiencia personal.

 (Este año, porque llueve; no habrá desfile).