“Eva a las seis”
(obra teatral de Diana de Paco)

Dímelo, ‘en plan Teatro’
¿Por qué a las seis y no a otra
hora?
La respuesta es sencilla: hora de
levantarse para ir al trabajo, a las seis. Es una hora mágica, digámoslo así,
por tener un trabajo al que acudir.
Suavemente fría es la tarde de
enero, atravesada por una brisa intermitente que llega desde cumbres nevadas
algo lejanas.
Sentados en un banco de piedra, conversan tres jóvenes, dos
chicas y un chico.
—¿Vosotras creéis que ya ha
pasado la crisis? —comenta el chico.
—¿De
qué crisis hablas? —pregunta una de las chicas, la morena de largo
pelo recogido en forma de cola de caballo.
—De
la crisis económica. Dicen, me parece haberlo oído, que ya hay más empleo,
—intenta aclarar el muchacho.
—Más
empleo… Puede ser, —avisa la otra chica
de pelo corto castaño claro.
—¿Perdona...? ¿Descreída?
—pregunta con escepticismo la primera jovencita.
—No,
no es que sea descreída; es lo que veo en la realidad. Hablo de crisis de
valores. Todo el mundo va por ahí diciendo que hay que educar en valores, pero,
¡ah!, miran para otro lado ante transgresiones de valores que quedan en la
impunidad, —manifiesta la muchacha mencionada en segundo lugar.
—A
ver, a ver, aclárame eso de “transgresiones a los valores”, que me pierdo,
—alega el muchacho.
—Me
da la sensación de que tú también eres de quienes miran para otro lado ante la
explotación en el empleo, y, aún más, si son mujeres, —acomete la joven
castaña.
—¡No
me querrás dar la brasa feminista! —intenta defenderse el chico.
—Me
lo imaginaba: no te enteras de lo que pasa, —expresa con tono
enfadado la moza de pelo largo.
—Tú,
entonces, ¿no sabes nada de los favores sexuales que muchas mujeres, han de
cumplir con quienes las contratan? Sí, en esta ciudad mismo, en esta sociedad
española y europea, no me mires así, —advierte la chavala
de pelo corto y castaño.
—¿No
estaréis exagerando? ¿Cómo lo sabéis? —desafía el
muchacho.
—No
hay peor ciego que quien no quiere ver, —refranea la chica morena.
—Aquí
nos tienes. Y a nosotras también nos han propuesto, sin cortarse, que si
queríamos trabajo, y eso que era para contrato de tres meses y menos de setecientos
euros y doce horas de jornada, habíamos de pasar por el sofá o la cama, —informa
la otra.
—Porque
me lo decís vosotras que, si no, me parecería una invención. ¿Qué llevas en esa
carpeta?
—La hemos encontrado aquí,
hace un rato, —dice una.
—Contiene una obra de teatro,
en 30 folios, —informa la otra.
—¿Y de
qué va? ¿La habéis leído? ¿Es
interesante? —machaca con insistencia el chaval.
—Sí, la hemos leído. Trata de lo que estamos hablando, de la crisis, —afirma la del pelo largo.
—Y
todo eso ¿no se denuncia? —pregunta el muchacho, con cierta dosis de
ingenuidad.—Sí, la hemos leído. Trata de lo que estamos hablando, de la crisis, —afirma la del pelo largo.
—Como
poder, se puede. Es difícil enfrentarse a las sentencias judiciales por las que
se estima el consentimiento en la mayoría de edad, y no supone penalización.
—Entonces... ¿qué? —plantea
el muchacho.
—Que también hay otras vías de
denuncia.
—¿Cómo cuáles? —insiste
el chico.
—Obras
de teatro, como ésta que nos hemos encontrado, —razona la morena del
pelo corto.
—¿Y no sería mejor hacerlo en
cine? —presupone el mozo.
—Sí,
claro. Una película o un documental pueden ayudar bastante a entender y
rebelarse contra esta situación. Aunque la obra de teatro, en directo, es la
empatía con la acción y la proximidad de los personajes. Las ideas expuestas en
el teatro son creíbles por sí mismas, —concluye la chica.
—¿Y si no se representa la obra? —insiste el muchacho en su desconfianza.
—¡El teatro también se lee! —afirman a dúo de forma incuestionable las dos mujeres.
—¿Y si no se representa la obra? —insiste el muchacho en su desconfianza.
—¡El teatro también se lee! —afirman a dúo de forma incuestionable las dos mujeres.
Las luces de sala se han apagado, recogen cortinajes, sube el telón. Comienza la función, “Eva a las seis”. Una intérprete aparece y emite la primera palabra en la escena, un nombre masculino:
—“Mario”,
quien no está presente, aunque su
traza late en la palabra que le nombra. Es básico, personaje referente y sustancial entre
las ideas que se remueven y emergen del texto. Mario se interpuso entre el entonces novio de Eva y ella misma, intentado el chiquillo evitar la agresión que, violentamente, -no puede ser de otro modo- el novio cometió la tropelía y, de resultas, el chico, Mario, cayó grave y permanentemente lesionado.
El Coro de Voces
(tres) prorrumpe con exuberante versatilidad y llena el aire de refranes, de
agilidad expresiva y de humor ácido. Mutilan y regeneran decires en otras
expresiones, combinan fragmentos en unión inusuales, contradictorios a veces, creativos
de nuevas sentencias; refranes que, en su rompimiento y posterior forzado
engarce, (¿decadencia?) prenden la atención y la mueca.
La propuesta especulativa gira en torno
a que, cuando las cosas vienen mal dadas, hay que refranear.
No es fácil tarea, pues no todo el mundo conoce el fértil y amplio caudal del
Refranero popular y la necesidad de una sonrisa, aunque sea desamparada.
La autora desdramatiza la desconcertante
situación de chantaje laboral, con el uso de estas manifestaciones lingüísticas
y su enredo en clave de humor. La realidad queda envuelta en espeso manto de
expresiones y palabras: los refranes se descoyuntan y se vierten en nuevos
moldes. Siempre es una vía de hallazgo.
La protagonista, Eva, llega a
sentir agobio ante tal profusión de palabras en frases hechas y a gran
velocidad. Los refranes se caracterizan además por el empleo del humor y la
ironía. Remiten a don Quijote ad
virtiendo a su escudero:

«Parece, Sancho, que no
hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la
mesma experiencia, madre de las ciencias todas».
Y continúa el Caballero de la Triste Figura:
“Sancho, no has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de
refranes que sueles; que puesto que los refranes son sentencias breves, muchas
veces los traes tan por los cabellos, que más parecen disparates que sentencias”.
Regresamos al escenario.
Mario no aparece, no responde.
¿Esperamos a Mario como se aguarda a Godot, personaje central de la famosa obra
teatral de Samuel Beckett?
No, no es eso.
Eva, la protagonista, filóloga
de profesión, a la vez que voz narrativa, acaba de ser despedida de su trabajo:
la versión oficial es la de “por recortes y ajustes”. La razón real es muy
otra.
El grupo actoral, las tres Voces
y Eva,
resuelven con eficiencia, agilidad y humor la situación que se llena de
palabras usadas desde tiempo inmemorial, aunque Eva, la filóloga sí lo sabe.
Hay insistencia en diferenciar la
primacía de lo masculino sobre lo femenino. La obra de Diana de Paco es la
locura léxica que, como lluvia externa, desdibuja lo aparente y el hecho real.
“Crisis”
es un vocablo que, por una supuesta corrección política, llegó a ser
innombrable; (“Crisis
es la gran excusa de los gandules”, sentencia la Voz 3ª en su versión de ‘Jefe’, personaje despótico.
¿Y Mario, el hermano de Eva?
Está
en coma desde hace mucho; por traumatismo craneoencefálico, efecto colateral derivado de la agresión sufrida a manos de quien entonces era novio de Eva.
“Ha
pasado mucho tiempo. No hay olvido.
Mario
era pequeño, tenía diez años.
Se
puso en medio, cuando me cogió del brazo.
Mario
cayó al suelo, el golpe fue muy fuerte.
Ese
golpe era para mí, como tantos otros".
Y ahora, en la hora "mágica", las seis de la mañana, Eva está ante otro agresor, el lujurioso energúmeno de su Jefe, que pretende doblegarla y disponer de ella en sus turbios manejos:
"Cuando
el Jefe me cogió del brazo le miré a los ojos.
Me
recordó a él, a mi ex".
Eva se defiende de su jefe, espoleada tanto por el recuerdo como por las pretensiones extralaborales a las que no accede. Eva lo explica mediante un
monólogo bien construido, plagado de espeluznantes recuerdos y de impresencias.
Concluye la obra.
La mudez ha invadido a los asistentes. Como velo de
satén que amordaza. De pronto, alguien inicia el aplauso al que se suma toda la
sala.
El público abandonan la sala
teatral muy despacio, se miran, las sonrisas tranquilas tienen pinceladas de
tristeza.
Una mujer comenta a su
acompañante:
—De
toda la vida, los jefes y contratantes ponen la concesión sexual de la
contratada, una no escrita cláusula que, atemorizada, se ejecuta sin pestañear. El jefe o quien
pueda decidir, despide para reafirmar su poder y autoridad, y no deja de ser
proteccionista, como si de un vehículo u otra cosa se tratara. Se aprovechan de
su posición de dominio.
—Entonces...
—Mientras podamos, no vamos a transigir con eso.
Hagamos por poder.
Intercambiar libremente placer y
amor es algo que podemos definir como hermoso y confortante, voluntad en libre
disposición, sin coacción, fluencia alegre de ambos cuerpos.
Sin embargo, larvadamente, se
mantiene este uso/abuso tentacular, que creíamos disuelto hace más de cuarenta
años. Y no se castiga. Persiste en el currículum oculto como forma de dominio
feroz, de explotación y efecto colateral degradante: el dueño de la empresa, o
el jefe o el capataz se sienten propietarios de vidas, como amos de la
situación, (“si quieres, quieres… y si no,
ya sabes…”). La prepotencia no busca una relación de bella
delicadeza, sino el significado de que por ella se somete despóticamente a las
necesitadas de empleo.

¿Es esto una persistente e
ignominiosa forma de esclavitud?
La dramaturga Diana de Paco lo
expone con toda crudeza, a la vez que ofrece el contrapunto absurdo del humor,
que atenúa el impacto de la evidencia. Esperamos justicia.
Diana de Paco domina la representación
de lo humano como multitud. Una humanidad que renuncia a su destino movida como
marioneta. Es la conjetura de la corriente del tiempo, que Diana sustancia en
acción teatral de trazo áspero y de evolución grotesca.
Nos ponemos en pie: aplaudimos, largamente.
Una pregunta resuena todavía en el
interior:
¿Cómo
expresar la verdad y ser artista?
Sabemos que el arte supera a la
realidad.
Eva a las seis”
es una pieza teatral con expresiones visuales y sonoras, mientras se encadenan
los refranes en distorsión y recomposición. Búsqueda para denunciar
situaciones, agitar conciencias y construir con palabras.
Sin duda supone un gran acierto que Diana, la autora, atienda
a estos factores, incuestionablemente decisivos. El proceso de trabajo teatral,
integrado en la evolución escénica, cuida la transmisión de un orden desordenado
y muestra un rico conjunto de componentes, gobernado por la elocuencia y la
accesibilidad.
—Lo
he pasado bien mientras leíamos. Da gusto escucharos, —dice el chico
mirando a sus amigas.
—Pues yo estoy consternada,
—manifiesta la chica del pelo largo.
—A
mí también me ha removido. Los temas son imparables en la creatividad de Diana.
Estoy segura de que de sus obras surgen otras: es el impulso de su lenguaje
expresivo, —asevera la del pelo corto.
La lectura ha convertido el sueño
en vida y la vida en sueño.
No es fácil escribir historias. Desprovistas
de moral son inhumanas. Al derramarse palabras, los proyectos puede que marchiten
en el papel y que las ideas e imágenes desfallezcan. Diana consigue reanimarlos,
por fortuna. Y se aprende de la enseñanza de los maestros.
De Flaubert, Diana sabe que el
talento es una disciplina tenaz y de larga paciencia.
De Faulkner ha heredado la
responsabilidad de que es la forma —la escritura y la estructura— lo que
engrandece o empobrece los temas. Lo importantes que son la destreza
estilística y la estrategia representativa. Una obra de teatro, comprometida
con la actualidad, puede cambiar el curso de la historia.
Las influencias que convergen en
Diana de Paco son innumerables. Y revela su exploración horrorizada de los
abismos de lo humano, combate los desvaríos sociales con humor. Aun en pésimas circunstancias,
hay esperanza.
Para Diana, escribir no es un lujo
ni la cultura un privilegio; es una vocación, porque la escritura contiene
sufrimiento.
Diana considera que es justo
denunciar, en el papel y en la escena, para que florezca la sociedad que
alcanza la libertad, la prosperidad y la justicia. Escribir, fundamento de la
condición humana, es protestar contra las insuficiencias de la vida. E inventa
en la ficción las muchas vidas que se quisiera vivir, cuando apenas disponemos
de una sola.
Saludemos con alegría la nueva obra teatral, “Eva a
las seis”, de Diana de Paco Serrano.