Siempre en ‘JUEVES SANTO’,
día del Amor Fraterno.
día del Amor Fraterno.
En sí mismo ya era día destacado. Jueves
Santo de la liturgia (y perteneciente a esos "tres jueves que relucen más que el sol", expresado en el dicho popular).
Para mí es relevante porque, en la relación entre mi padre y yo, como si de una acción de constante tallado artesano se tratara, cada inaugurada fecha anual de este día, incidía en la huella que fue su permanente desvelo y empeño: sentimiento de que la fraternidad fuera activa.
Para mí es relevante porque, en la relación entre mi padre y yo, como si de una acción de constante tallado artesano se tratara, cada inaugurada fecha anual de este día, incidía en la huella que fue su permanente desvelo y empeño: sentimiento de que la fraternidad fuera activa.
En esta ocasión, yo contaba con ocho
años de edad, quizá no llegaba a los nueve.
Vino de la fábrica donde trabajaba, —este
día era laborable—. Cesaba antes en el trabajo habitual, por encargo de sus
jefes, propietarios y protectores de las imágenes religiosas, para otra ocupación circunstancial que quedaba inscrita en la jornada laboral. Le encomendaban ir a la iglesia del
pueblo, junto a otras dos personas, mujeres, para el atavío de la imagen y el trono de
La Dolorosa, —de escultor anónimo, imitación de la de Salzillo—, y había de quedar hecho antes de que
comenzaran los Oficios religiosos y todo listo para la procesión de la noche.
(También haría lo propio con san Juan, porque era el presidente de la cofradía. Y allí le aguardaba mi madre).
(También haría lo propio con san Juan, porque era el presidente de la cofradía. Y allí le aguardaba mi madre).
Ya estaba dispuesto mi padre para acudir
a la iglesia, tras cambiarse de ropa, cuando llamaron a la puerta. Fue un
reclamo enérgico. En aquellas fechas aún no había timbre eléctrico y se llamaba
con los nudillos.
Abrí.
Una mujer, a la que yo conocía de verla
por el pueblo, trababa con su brazo derecho a un niño que dormía en su
regazo. En su mano izquierda portaba una capaza, que elevó abriendo la mano en
señal de petición, mientras decía algo, para mí, ininteligible en ese momento,
que transcribo así:
— “…día…. derno… la mohna…
ves santo”.
— ¿Cómo…? —le pregunté con tinte irónico, pues sólo había
entendido la primera y última palabras, que repetí con sonsonete.
Mi padre, que acudió por la robustez de la
llamada, presenció la escena.
De su bolsillo sacó una moneda de veinticinco
céntimos (“un real de agujero”, se
decía entonces) y se la dio a la señora, que la aceptó, dio las gracias y se
fue.
Mientras cerraba la puerta, mi padre me aclaró con gravedad:
— ¿Tú sabes cuántas veces habrá dicho esta mujer eso mismo durante la
mañana? Nadie pide limosna por su gusto. Con eso no se bromea.
— No, papá; es que no he entendido lo que parecía decir. Y me ha
hecho gracia.
— Hoy es día de pedir más que de costumbre, —me explicaba mi
padre—. Sé que es poco lo que le he dado, pero no tengo
ni puedo más. Y con estas cosas no se hacen chistes.
— ¿Qué tiene que ver el día? —pregunté, verdaderamente
ignorante, ante la seriedad de mi padre.
— Es Jueves Santo, y esta mujer pide una limosna especial.
— ¡Ah…! No lo sabía. Entonces, hoy ¿se da más? —seguí en mi
empeño de querer saber.
— No hay por qué dar más. Hay gente que no da nada; ni siquiera
un trozo de pan, o una cuantas patatas o algo así. Para eso la mujer lleva la
capaza. Si hubiera estado la mamá seguramente le habríamos dado comida.
— ¿Y cómo le sentaría si nada recibe?
— Pues supongo que no muy bien. Y más aún cuando se les niega con un: “¡Perdone usted por Dios, hermana; otra vez será!”
— ¿Y eso es así, y ya está?
— Por el día que es hoy, aunque sólo sea una vez al año, hemos
de procurar compartir lo que tengamos, aunque sea poco.
— Es que no he entendido a la mujer, —me justifiqué—,
lo siento.
— Ha dicho: “Día del Amor Fraterno: la
limosna de Jueves Santo”, —reprodujo mi padre con claridad.
[Los diálogos, reconstruidos, lógicamente, intentan parecerse a lo que ocurrió. La intención es el reflejo
de la actitud de mi padre y de que yo no pretendo quedar bien un montón de años
después].
Lo recuerdo aún
con cierto bochorno por no haber comprendido de lo que se trataba y lo que pudo significar una
carencia de respeto hacia la mujer, con mi desafortunada expresión.
A su vez, lo reconstruyo
y menciono con orgullo, porque mi padre, sin estridencia, pero con paciente
seriedad y decisión, se esforzaba en hacerme entender estas cuestiones.

— Viene el Viático, —me informó mi padre.
— ¿Qué es el Viático? —pregunté, nuevamente.
— Es la comunión para los enfermos e impedidos; es el camino, la
vía para ayudar a quien menos puede. Hay que acudir a quien no tiene
posibilidades. Hoy es día de encuentro entre hermanos.
Mi padre abrió otra vez la puerta y se
arrodilló al paso del Viático. Le imité el gesto sin dudarlo: si lo hacía mi
padre, es porque eso es lo que había que hacer.
Durante unos segundos estuvimos silenciosos, expectantes, al paso de la breve comitiva. Enseguida nos incorporamos.
Durante unos segundos estuvimos silenciosos, expectantes, al paso de la breve comitiva. Enseguida nos incorporamos.
— Me tengo que ir, que se va haciendo tarde, —mi padre iba
a lo de los arreglos procesionales. No sin antes decirme:
— “Recuerda: hoy es de los
hermanos. Día del Amor Fraterno. Y los hermanos están para quererse. Y cuánto
más necesiten, más cerca hemos de estar, como con la mujer que llamó a la puerta y
pidió”.