
¿…Y de quién hablamos cuando se nombra a JUAN RULFO?
Pregunta cesante y quizá impertinente, pues el escritor
mexicano Juan Rulfo es tan singular, de difícil clasificación y, a su vez, universal
y destacado, referente de una característica condición narrativa, que brilla
con fulgente luz propia. Artista que, con tan sólo un puñado de páginas, se
situó y está en lo más alto de la literatura en español.
En España, obtuvo el premio “Príncipe de Asturias”, en 1983.
¿Quién era en realidad Juan Rulfo?

¿Por qué merece la atención, además de por el centenario de
su nacimiento?
A estas y otras cuestiones ha sugerido respuestas abiertas y
de reciprocidad, el profesor Gilberto Vásquez, en la sesión de este mes en el
ciclo del Club de Lectura Deletreartes.
Ha abierto la sesión la doctora Diana de Paco, no solo como
responsable de Cultura (y, por consiguiente, de Logografías Culturales), sino
como introductora a la peculiar escritura de Juan Rulfo.
Así, tras su exposición ante los asistentes, en tono
dialogal, de las características del programa, ha presentado al profesor en el
IES “Vicente Medina”, de Archena, Dr. Gilberto Vásquez, a quien avalan dos tesis
doctorales —sobresaliente cum laude en ambas—
sobre contenido de Literatura y sobre temática de Filosofía.
Ha considerado, con acierto, no abrocharse al tono de conferenciante, por lo que ha comenzado con consideraciones de su punto de vista personal en torno a “Pedro Páramo”, obra de particular
lirismo y sobre su autor, Juan Rulfo.
Ha
destacado, como polos de gravitación, la orfandad,
—Juan Preciado, el protagonista relator, no conoció a su padre, Pedro Páramo—, [Juan Rulfo
nació en Sayula, estado de Jalisco, en una zona violenta del noroeste de México.
De sus años de niño, en el internado de Guadalajara, que debía de ser bastante
siniestro, Rulfo escribe que estuvo obligado “a descontar con trabajo el precio de mi soledad”].

El orador, con excelente entonación, ha leído fragmentos del
libro:
“Yo imaginaba ver aquello a través de los
recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiros. Siempre
vivió ella suspirando por Comala, por el retorno; pero jamás volvió. Ahora yo
vengo en su lugar. Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque me dio
sus ojos para ver” […]
(…) “Ahora estaba aquí, en este pueblo
sin ruidos. Oía caer mis pisadas sobre las piedras redondas con que estaban
empedradas las calles. Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de
las paredes teñidas por el sol del atardecer.
Fui andando por la calle real en esa
hora. Miré las casas vacías; las puertas desportilladas, invadidas de yerba.
¿Cómo me dijo aquel fulano que se llamaba esta yerba?”
(…) la mujer del rebozo se cruzó frente a mí.
—¡Buenas noches! -me dijo.
La seguí con la mirada. Le grité.
—¿Dónde vive doña Eduviges?
Y ella señaló con el dedo:
—Allá. La casa que está junto al puente.
Me di cuenta que su voz estaba hecha de hebras humanas,
que su boca tenía dientes y una lengua que se trababa y destrababa al hablar, y
que sus ojos eran como todos los ojos de la gente que vive sobre la tierra.
Había oscurecido.
Volvió a darme las buenas noches. Y
aunque no había niños jugando, ni palomas, ni tejados azules, sentí que el
pueblo vivía. Y que si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aún no
estaba acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza venía llena de ruidos
y de voces”.
Destaca el encuentro con Eduviges:
—Soy Eduviges Dyada. Pase usted.
Parecía que me hubiera estado
esperando. Tenía todo dispuesto, según me dijo, haciendo que la siguiera por
una larga serie de cuartos oscuros, al parecer desolados.
Pero no; porque, en cuanto me
acostumbré a la oscuridad y al delgado hilo de luz que nos seguía, vi crecer
sombras a ambos lados y sentí que íbamos caminando a través de un angosto
pasillo abierto entre bultos.
—¿Qué es lo que hay aquí? —pregunté.
—Tiliches —me dijo ella—. Tengo
la casa toda entilichada. La escogieron para guardar sus muebles los que se
fueron, y nadie ha regresado por ellos. Pero el cuarto que le he reservado está
al fondo. Lo tengo siempre descombrado por si alguien viene. ¿De modo que usted
es hijo de ella?
—¿De quién? —respondí.
—De Doloritas.
—Sí, pero ¿cómo lo sabe?
—Ella me avisó que usted vendría. Y
hoy precisamente. Que llegaría hoy.
—¿Quién? ¿Mi madre?
—Sí. Ella.
Yo no supe qué pensar. Ni ella me
dejó en qué pensar:
—Éste es su cuarto —me dijo.
No tenía puertas, solamente aquella
por donde habíamos entrado. Encendió la vela y lo vi vacío”.
Gilberto Vásquez ha resaltado, con su lectura impresionista,
el estremecimiento preponderante en la novela de una “gozosa desazón”. Al
hablar de Susana, subraya que es el amor que Pedro Páramo no pudo alcanzar ni
someter.
Y, para propiciar el diálogo y la participación, el profesor
anima a que se expresen otras lecturas y opiniones, pues la lectura de Pedro Páramo
es distinta según el tiempo y el punto en que se lee.
El coloquio ha dado lugar a señalar influencias de los
autores de la antigüedad clásica como de los contemporáneos de Juan Rulfo.
También se señala al sitio geográfico, —el páramo—, como un protagonista
en sí, enmarcado en el contexto y momento histórico en el que brota el relato:
la figura del cacique, y patriarca, señor de lo Público y lo Privado, —transculturación de formas de vida llevadas allí
desde este lado del Atlántico—, muertos que conviven con los vivos. Los muertos
tienen historia y la cuentan.
Hay quien resalta la voz poética de algunas descripciones.
Juan Rulfo, hecho evidente, se formó en años de la
revolución, de cambios constantes de poder, de presencia obligada con la
violencia y con la muerte.

—“Porque el escritor no es una fábrica”.
Hay
mucha gente que solo ha escrito un libro en su vida y no ha pasado nada y otros
muchos que han escrito treinta y no les conoce nadie. Escribir por escribir,
¿para qué?”
La sesión ha concluido con el regalo que el profesor hace a
los asistentes, de un relato escrito por él mismo, de clara influencia
literaria, que se titula “Mirando al cielo” y que comienza así:
“Ha
llegado el circo; traerá otra vez los mismos leones hambrientos… y
desaparecerán los perros callejeros”, decretó mi madre, recostada junto al
portal de la casa, con la mirada fija en el cielo, mientras se encendía el
primer cigarrillo del día. “Date prisa, hijo, —añadió sin dejar de contemplar
las alturas, como buscando una señal, como leyendo una cifra divina de nuestro
destino, con esa voz suya: profunda grave y rota— que llegarás tarde, y los
hombres han de ser puntuales hasta en su muerte…”. Y yo repetía en mi interior:
el circo, los leones, los perros, los
hombres, la muerte… “antes de irte, enciende la radio, no sea que se esté
acabando el mundo y no lo sepamos”.
La sesión ha estado traspasada de interés y amenidad. Ha
pasado el tiempo sin sentir, enfrascados en diálogo y textos.
Todo un lujo tener un especialista en Juan Rulfo en esa tertulia. Y otro para los que no asistimos, añadido: que tú nos la hayas contado. Como siempre, gracias, Juan.
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