Sacré Coeur y Montmartre:
Un
importante templo religioso de París, “Sagrado Corazón”,
se ubica en lo alto de la colina de Montmartre. La presencia y visión del
edificio se hace absoluta.
Acude
mucha gente a este lugar. Quién sabe si por la más amable temperatura, por lo
espectacular de la basílica o por otras razones igual o más válidas.
Tal vez por ver
París desde este balcón.
En el interior del monumental edificio se
está celebrando el ritual de la misa. En francés, por supuesto. Motivo de
respeto por lo que hago breve la visita. La limito a una exploración rodeando
el espacio de la celebración litúrgica, en un paseo sin detenimiento por las
naves.
Me estimula y atrae mucho más pasear, mirar por donde los artistas aún
pueblan el mítico barrio de la bohemia.
Pero en vez de buscar Montmartre, -la brújula, con el calor, anda averiada-, he ido descendiendo los
innumerables escalones. Y, ¡ay!, eso supone tener que regresar cuesta arriba.
Desde
donde me veo llevado por mi despiste, se accede subiendo una encumbrada
escalera llamada ‘calle del Calvario’,
que desemboca, a su vez, en la plaza del ‘Calvario’.
Repetido con toda propiedad: ¡subir por un camino riguroso hasta aquí lo es! El
significativo nombre redoblado de plaza y calle es apropiadamente objetivo.
La plaza del Cerro o del montículo.
La
luz de la tarde en Montmartre recibe y acoge cálida y serena. Me agrada. La
iluminación es permanente. De la luz se deriva todo. La plaza de los artistas sigue
defendiendo la vida del arte. El lugar es activo en la característica convulsión
del claroscuro.
Fue este barrio territorio del arte y de la cultura, del fenómeno de la bohemia. La
inspiración artística idealizada en el hambre y la escasez, en la privación, que se vivían como elementos de vocación artística, como itinerario iniciático para alcanzar la gloria, en la esperanza de que los compradores de arte fueran generosos y, también, propagandistas.
“La bohème”,
esencia del
recuerdo.
En
este lugar de París, unos arriesgados y enérgicos personajes venidos desde diversos
lugares del mundo, acamparon en la historia e innovaron en el arte con nuevos
conceptos y formas. Pintaban, bebían absenta, participaban en tertulias,
pasaban frío, se admiraban, se envidiaban, se enamoraban. Los artistas bohemios
de París, aquellos de apariencia desordenada, libres y románticos, entregados a
la creación artística, se acabaron hace muchos años, ya no están aquí y sus
huellas empalidecen.
El paseo por la plaza del arte y los
espacios expositivos cercanos, parece haber disuelto su rumbo. No sé cómo
decirlo. Sólo es ya una identidad difuminada. La ausencia de aquel modo de vida
muestra el vacío como una metáfora del espíritu. Sigue habiendo artistas en
Montmartre, y tienen calidad. Exponen su obra. Pero el momento es muy otro ya.
La
plaza no se corresponde con la sugestión mental, la que imagina a aquellos artistas
de los siglos XIX y XX, a los que la sociedad francesa adoptó y, culturalmente,
agrandó con obras literarias, teatrales y con el cine.
La
contemplación de Montmartre transmite cosquilleo en la mente y escalofrío en la
espalda. La memoria de la Bohemia o la contemplación de alguna pintura proporciona
diferentes resultados.
Aún
así, había que venir y ver.
Y
observar el arte en la calle, en galerías cercanas y en locales que quieren
conservar el pasado. Se mantiene el interés. Y comprobar que vivimos sumergidos
en un flujo incontenible de imágenes: tanto las de ahí afuera, como las del
interior que la fantasía mantiene como símbolo y sueño.
Me
gustan los relieves, estas pinturas de mendigos iluminados bajo las farolas.
Mueven a convertirlo en relato.
Vuelvo
a considerar que alguien, con talento narrativo o musical, podría situar aquí una
trama sólida y abierta a la acogida de lo inesperado. Porque lo que es
previsible acaba en indiferencia y bostezo. Arriesgarse y sorprender al lector,
darle lo que no espera.
Con
pasión en la experiencia, se mira al presente y el pasado brota, refleja la
memoria llena de exaltación. También irrumpe la pregunta por la responsabilidad
del futuro, en momentos de cambio. La crisis de la concepción romántica del
genio, el único poder que tiene el autor -o creador- es el de mezclar la
escritura, llevar la contraria una a otra.
Y
escribir relatos plurales que estimulen el diálogo, sin ocultar la emoción de
que en la historia, en la mirada hacia atrás, nos reconocemos entre las ruinas en las que se aprecia la evolución
hasta aquí. Hasta el paisaje resulta abstracto en los contornos suaves y
redondeados de los árboles.
Hace
muchísimos años, el arte trabajaba en la Historia, confiaba en la utopía. Y empezó a mostrar la
línea de sombra, en el esfuerzo para buscar y elegir imágenes que ofrezcan señales.
Pero eso pertenece al Ayer, la Historia. Hoy hablamos de Mercado.
Diálogo difícil.
“El arte es
cosa del pasado”. (Hegel)
-
Alguien preguntó, ante las
obras y objetos de los artistas: “Pero ¿esto es arte?”
-
Un norteamericano muy
influyente en arte, Arthur Danto, manifestó una rotunda respuesta: “El arte ha
muerto”.
-
Dicho así, esto… Parece
cosa reservada a expertos, para gente instruida. Es decir: para poca gente.
-
Las preguntas y las
respuestas avanzan desde hace ya bastante tiempo, por allá en el siglo XIX.
-
Queda un poco lejos.
-
El arte que se llamó “moderno”
perdió la naturalidad y fuerza de épocas anteriores. Pasó a ser arte para sí
mismo, se encerró.
-
Como siempre, cosas de
especialistas. ¿Cómo hacerlo entender, expresarlo sencillo?
-
El arte cambió y, por tanto, también las ideas sobre él. A mitad
del siglo XX se pensó que la Modernidad había terminado.
-
Dime algo, que sirva como
ejemplo.
-
La originalidad, el carácter irrepetible de los cuadros llamados
abstractos dejó de ser fundamental. Y las formas que aparecen en los cuadros se
parecen a los objetos que vemos en los comercios.
-
Si las obras dan la impresión de que las hace cualquiera, es
lógico dudar de si estamos ante una obra de arte.
-
Ya no importa la originalidad, lo nuevo. Aparece la
imitación artística y se llega a dudar de los originales y las copias.
-
Y, supongo, aparece una nueva teoría del arte.
-
Pues no. Ninguna “teoría postmoderna” ha sustituido a
la moderna.
-
¿Y eso?
-
Se duda de que exista una teoría que establezca lo que es arte y
lo que no.
-
Y con esa duda… ¿quién
compra arte?
-
Es curioso el fenómeno:
el arte se encarece y sólo lo compran los que tienen mucho dinero.
-
Entonces, ¿dónde las
diferencias entre arte y publicidad?
-
El arte se refugia en el significado de la realidad, no en
la apariencia estética.
-
A ver: la forma no es lo principal del arte, sino
el sentido.
-
Eso es. Pero al
espectador no le está confiado descifrar un sentido oculto en las obras.
-
El artista se libera, ya que no está obligado a producir sus
objetos según teorías.
-
Liberado de la teoría, el artista contemporáneo es libre de
hacer lo que le plazca. El hombre moderno pierde toda certeza de sí mismo y nota la pérdida
del artista creador.
-
Resulta difícil decidir lo
que es o no es arte. Y más aún en el espacio donde habita lo efímero, lo
fragmentario. Múltiples interpretaciones para encontrar en las obras alguna
huella de posible sentido.
-
Por tanto, el arte puede parecerse a objetos normales y
corrientes de la publicidad, de lo feo, lo vulgar y lo obsceno. Ya te he dicho:
hoy no hay ninguna teoría artística que decida qué aspecto deba tener.
-
Pero esto significa la imposibilidad de la crítica.
-
La tarea está en ponerle palabras al contenido de las obras,
hablar de lo que representan.
-
Las obras de arte son símbolos,
maneras de expresar ideas, deseos, temores o críticas.
-
El resultado es la disolución del arte en la vida. Y, por
tanto, en el frenesí del espectáculo y el mercado. “Lo quieres. Lo compras. Lo
olvidas” de la campaña publicitaria funcionan.
-
El arte se vuelve
mercancía de alto valor. Hasta tanto que sólo la compran los bancos y los
inversores. La capacidad engullidora
del mercado a quien no le importa el creador, sino el mero gesto de la
inscripción o la firma.
Si
el mundo no fuera absurdo, y todo tuviera un significado como hace un siglo…
Si
hubiera una forma por la que se enseñara a un niño en cinco minutos y convenciera
de que su vida tiene un sentido, una geometría, un carácter…
Las
artes y las ciencias se han ocupado de otras grietas.
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· En el café Le
Ronsard¸ antes de iniciar la subida al Sagrado Corazón, una situación incómoda, desapacible.
Las
seis de la tarde, persiste el calor que ha invadido París. Antes de iniciar la
subida al Sacré Coeur y luego a Montmartre, conviene tomar algo para
contradecir a la modorra. Y será un café “Le
Ronsard”.
Dos
camareros al otro lado de la barra. Uno de ellos, de tez oscura, se nos acerca
y nos saluda con un “¡bon jour!” supuestamente amable.
- ¿Por qué dices lo de ‘supuestamente’?
- Porque era por la tarde y el saludo se dice de otra manera.
Esto me suena a adiestrada costumbre mecánica.
- Por nuestra cara inconfundible de turistas extranjeros: ofreció
amabilidad prefabricada.
- Se empeñaba en que nos sentáramos en una mesa, ¿recuerdas?
¡Si nosotros queríamos algo rápido! Y, además, nos gusta el café de pie. Se lo
dije bien claro.
- Sí, ya sé. No tiene por qué conocer nuestras costumbres. Y,
menos aún, cuando imponen las suyas. La contradicción es la de que la
amabilidad empalagosa al entrar chirría cuando aparece el desaire en el trato,
con tinte de chauvinismo.
- Volvió a preguntar, esta vez con cara inexpresiva, si el
café era exprés. Le dije ‘oui’. Y me insistió en que nos sentáramos.
- Y tú seguiste hablándole, ¿de qué?
- Que pusiera sacarina. Me miró con ceño fruncido. Y empezó a
hablar con bastante velocidad, por lo que algunas expresiones no las entendí…,
aunque me las imaginaba.
- Sí, la verdad es que hablaba irritado.
- La explosión vino cuando le pedí un cubito de hielo (glace)…
- Sí, ahora me acuerdo,… nos miraba toda la gente del bar por
la voz elevada que empleaba con nosotros.
- Nos dijo que es que queríamos gastar poco. Y eso no estaba
bien. Que sentarse a la mesa costaba 20 céntimos más por persona; y que, para
ahorrar y no comprar agua, habíamos pedido hielo.
- ¡Menos mal que no le pediste lo de “pierres de refroidissement», (‘piedras de enfriar’), con lo susceptible que estaba el camarero ¡la
habríamos liado!
- No pude resistir más: me tomé el café de golpe, le pedí la
cuenta de los dos (¡4,40 euros!), pagué
y nos fuimos.
- No quise escuchar lo que siguió diciendo a nuestras
espaldas.
- Deja el episodio atrás, en el saco de las cosas caras e
incómodas de París.
- Anótalo, sólo como señal de la brecha entre la realidad y la
pretendida politesse (cortesía) francesa.
- Olvidado queda. Desde allí, al barrio de los Artistas: esperaba
¡Montmartre!