De
día, natural; farolas en la noche; iluminada siempre: París, la luz.
Charles Garnier,
arquitecto francés del siglo XIX.
Decoración
y colorido, la arquitectura de Garnier, conocida como "estilo Napoleón
III", viene a ser un neobarroco, grandilocuente y muy ornamentado. El
Imperio contribuyó a la renovación, con la influencia clásica griega, en el
arte de la edificación.
Iluminada
por los escritores, un ingrediente literario contiene y muestra cada esquina de
París. Búsqueda de la imagen evocada en los libros y su reflejo en la realidad.
O como el recuerdo de Jean-Paul Sartre, al pasear por el bulevar de
Saint Germain, punto de la Revolución de mayo 1968.
Camino
a buen paso por la calle Lafayette hasta la plaza de la Ópera. El amanecer abrió
las palabras, gotas que caen y termina el silencio. Preludio para mirar el entorno,
más cercano que de lo común. Compartir mirada. Saber que uno es circunstancial
transeúnte, en París y en la vida.
Y
contarlo.
París conserva con
pulcritud sus huellas. Ojos y ánimo predispuestos para la observación de característicos
escenarios urbanos, primero con la influyente guía de Marcel Proust, quien describió la decadencia de la
nobleza francesa en el siglo XIX, -“En busca del tiempo perdido”- y estableció el
espejo del tiempo y la
memoria, del arte y las pasiones humanas.
La
imitación resulta homenaje a las descripciones, a las conversaciones que
entrecruzan sus personajes en estos lugares. Y se imaginan los paseos que Proust daba junto a una amiga por los
Campos Elíseos y los jardines de las Tuilerías.
Hay otras etapas alternativas para inagotables
paseantes proustianos.
Proust es, ante todo, parisino. Vivió en el
primer piso del 102 del bulevar de Haussmann, donde escribió la mayor parte de
su obra. Hay cuatro páginas intrigantes
en un cuadernillo de Proust, en las que relata los intensos días de observación
de una mujer por las calles de París. Arranca en la Estación de
l'Est, –cerca del hotel en que me sitúo-, recorre el bulevar de l'Hôpital, el
puente de Saint-Michel, calle Lafayette, hasta la Plaza de la République. Magnetiza
con lo que cuenta y lo comprobamos visualmente.
Llegado
al bulevar Montmartre, plagado de tiendas de moda, destacan los tres edificios
de las famosas galerías comerciales Lafayette.

Entro.
Las plantas tienen balcones que dan hacia un atrio circular cerrado, coronado
por una espectacular cúpula de vidrieras de estilo modernista. Merece una
visita, al menos para conocer su edificio central.
Y subir a la última planta.
Desde su terraza se pueden apreciar hermosas vistas de París.
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“Los Pasajes
de París”,
con la mediación de Walter Benjamin.
Los
Pasajes...
Concretamente,
los espacios de mi mayor interés y atención en París. Pieza central, resulta
difícil de comunicar. Y pudiera escribirse en otro molde narrativo. Lo hago en éste.
-
¿Qué te llama tanto de las
travesías cubiertas?
-
Mira las fotos: calles
interiores plenas de luz.
-
Bien, sí, tiendas y
cafeterías. ¿Eso es todo?
-
La novedad, la moda, y
comercio especializado de objetos antiguos.
-
Eso se da en cualquier
ciudad.
-
Ya, lo sabemos; Pero empezó
aquí, en estas calles que permiten el paso de un sitio a otro, de un bulevar a
un conjunto monumental o a un sitio de trabajo, de encuentro. Mientras se pasa,
se mira.
-
Tú lo has dicho: lugares
de paso.
-
Sí, como lo es la novedad:
es breve. La moda
se sustituye por otra.
-
Entonces, ¿por qué los
Pasajes?
-
Son los que permanecen.
¿Te has fijado de qué están fabricados sus techos?
-
A la vista está: hierro
y cristal.
-
Materiales que duran
más. Lo provisional de la moda en lo permanente del recinto.
-
¿A dónde quieres llegar?
-
¡Ya estamos aquí! El
Pasaje es un lugar para ver y dejarse ver.
-
Y ¿de dónde has sacado
tú eso?
-
De la obra "Los Pasajes de París", de Walter Benjamin.
Una lectura de hace años.
-
¿Quién es?
-
Filósofo y escritor
alemán; poco conocido, es cierto. Murió con 44 años: dejó su obra inacabada;
incluida ésta de los Pasajes.
-
Lo importante es que a
ti te orienta, en esto. Conocer su biografía no afecta al caso. Antes
hablábamos de Marcel Proust
-
Sí. La importancia de
las personas de pensamiento. Benjamin fue un intelectual de gran talla.
-
Y ahora que has visto
los Pasajes, ¿sigue el significado y la energía de estos lugares?
-
Será mejor que mires las
fotos… Con las palabras quizá no sea suficiente.
-
La palabra contiene el
valor expresivo. Hay que querer narrarlo.
-
¡Ah, contarlo…! La forma
se te resiste.
-
Un argumento parecido a
cómo se construyen las novelas de misterio y acción: situar un hecho llamativo
que ocurra en un Pasaje.
-
¿Y…?
-
Quizá la intriga, que
necesita maestría, hecha sin solidez, desfigure
lo que quiero decir.
-
Inténtalo al menos.
-
Lo diré como sé: aunque
resulte torpe, será cierto.
-
Como sea. Elige los
recursos para dotar de realidad a la narración.
El siglo XIX es el
sueño del que hay que despertar.
Los pasajes enlazan
los bulevares: atraen, fluyen, se muestran y desaparecen, como las personas del
nuevo París.
Es vivir en público a la vez que a resguardo. La alegoría es la novedad, a la vez que lo transitorio. El
pasaje, mientras nos lleva, se muestra y hace visible. Cuando volvamos a pasar,
algo habrá cambiado.
Podemos
comprobarlo. Miremos cómo camina la gente por el Pasaje
de los Panoramas, de comercio antiguo, en una atmósfera entre
poética y decadente.
El “passage”
es una combinación de calle y de interior; es una calle estrecha y corta, por
debajo de las casas. El pasaje no es privado; es público y se atraviesa, se
gana tiempo para llegar a otra parte. Es un signo más del período: sitio para
ver y ser visto. Está reservado a las personas, no hay vehículos. Lo que se
desarrolla y ocurre en los establecimientos y en el propio pasaje, favorecía
que el caminante anduviera pausadamente, y la lentitud es propicia para que se
acostumbre al trance de observar e imaginar.
París empieza a ser capital de muchas
cosas, una de ellas la moda.
Hay que salir bien vestido y, a ser posible, llamativamente, que se note la presencia. Nace un estilo de vida que genera modelos comerciales, sociales y éticos. Un nuevo sentimiento vital, la ambición de lo nuevo.
Pasaje del Havre.
Lo que comenzó con el despertar de los sentidos ante las cosas, se transforma en la
capacidad de percibir semejanzas no sensibles.
Esta es la observación de W. Benjamín.
Y el enigma se renueva:
el propósito de su análisis era
unir el material y la teoría, los edificios y el modo de vivir; en un
mundo de cosas, el individuo no es aún consciente de la vivencia del instante.
Es lo propio del fetichismo de la mercancía.
La
mayoría de los pasajes de París surgen posteriormente a 1822. La primera
condición de su florecimiento es la coyuntura favorable del comercio textil.

Una
vida nueva se desarrolla en París: Pasajes, panoramas y exposiciones
universales, el interior y las abiertas vías de París. La calle cubierta se
habita y en ella se producen encuentros, buscados y fortuitos. Se comenzó por la
preocupación por la limpieza e higiene públicas, la importancia de las fachadas
y el arte en la calle, el trato cortés, galante;... ¡tantas cosas!
El
pasaje es la aparición de la vida de negocios y comercio, porque hay que estar
por donde pasa la gente.
La
novedad y lo efímero van de la mano en este espacio lleno de “encantos”. Hay
memoria popular de los amores de pasaje…, pasajeros:
«En el pasaje
Vivienne,
Ella me dijo:
soy de la Vienne».
en el pasaje Bonne-Nouvelle,
pero en vano la esperé”.
En el poeta Baudelaire, que fue habitante destacado de
los pasajes, es característico que las imágenes de la mujer se asocien con las
de París.
Lo
comprobamos en un poema de sus “Flores del mal”, dedicado a lo momentáneo:
A una transeúnte
La
calle atronadora aullaba en torno mío.
Una
dama pasó, que con gesto fastuoso
De
súbito bebí, con crispación de loco.
Y
en su mirada lívida, centro de mil tornados,
El
placer que aniquila, la miel paralizante.
Un
relámpago. Noche. Fugitiva belleza
Cuya
mirada me hizo, de un golpe, renacer,
¿Salvo
en la eternidad, no he verte jamás?
¡En
todo caso lejos, ya tarde, tal vez nunca!
Que
no sé a dónde huiste, ni sospechas mi ruta,
¡Tú
a quien hubiese amado. Oh tú, que lo supiste!
Enamoramiento despertado por una mujer desconocida que
pasa. Con sólo un flash, una impresión, que luego se reconstruye, con sólo ver
una piedra se imagina todo el edificio.
Este pasaje está muy cerca de la Biblioteca Nacional, a donde Benjamin acudía en sus días de París. Hoy es de uso restringido y de destino de trabajo intelectual y universitario. Aun personalmente rodeado de sombras y amenazas, quizá este pasaje le ayudó en su peculiar visión.
Benjamin
tiene capacidad de poetizar estos lugares y convertirlos en sensaciones.
El
auténtico manuscrito del Libro de los Pasajes fue escondido durante la guerra en
la Biblioteca Nacional. No habré buscado lo bastante y no he encontrado calle o
plaza dedicada a Walter Benjamin, quien tanto estudió París. Seguramente lo
habrá.
Decir lo cierto y ser creíble. Resulta una paradoja: en los
testimonios escritos analizamos los hechos pasados. Los ponemos en las páginas
como mejor sabemos, y al resultado lo llamamos historia.
-
¿Qué quieres explicar?
-
Ir más allá de los límites del turismo habitual, un cambio en el trayecto.
-
Empeño difícil para sólo unos días, donde se es forastero.
-
¿A qué tierra pertenece una persona? ¿A la de su nacimiento o a la de su
empeño?
-
Te veo venir: los derechos del hombre proclamados por la Revolución
Francesa.
-
Sí, pero atento a lo que significa el mundo comercial de bulevares y
pasajes: la economía no es una ciencia
moral.
-
Es un tapiz de múltiples hilos.
-
Al entrar a un pasaje se vive la sensación de llegar a un mundo distinto.
Inmediatamente intuimos que puede darse la narración infinita.
-
Es un espacio tridimensional cuyas piezas se van modulando con la luz y,
sobre todo, con el paso del visitante, quien acaba por formar parte de ese
conjunto.
-
Las fotografías muestran una sensación inesperada, un deseo de habitarlas.
Vuelve el misterio y las palabras se quedan
cortas.
-
Calles iluminadas, moda
y paso. Eso era.
-
También moda,
publicidad, espacio para el coleccionista. Y prostitución. Una belle
époque de contraste entre la bohemia y la explotación
social de la clase trabajadora.
-
Con espacio para el flâneur.
-
¿Flâneur? ¿Quién es el flâneur?
-
Un singular paseante callejero.
-
Yo no le visto.
-
Ya no se da. Apareció
con los pasajes en el siglo XIX.
-
Su presencia, ¿se le notaba?
-
El flâneur perfecto era
el que, fuera de casa, se siente en todas partes como en casa. Y vive en el
centro del mundo. En las nuevas construcciones se siente bien el flâneur. El
gran almacén es su último territorio. El poeta Baudelaire era un flâneur.
-
¿Y qué hacía, cuál era,
digamos, su trabajo?
-
Aparentemente ocioso,
sale al espacio público para vender y comprar: él es mercancía en sí mismo. Se
le distingue enseguida. Vende y compra de lo más variado, sabe lo que le
interesa a su posible clientela, trata con obras de arte, compra y cambia
objetos, poemas… Todo ello con un extravagante y llamativo aspecto. Es, en sí
mismo, la novedad
y el paso del tiempo. Es un explorador del mercado.
-
…Y si nos acercamos más…
-
Podemos decir que es un
personaje intermedio entre un bohemio y un artista moderno. La ciudad no es su
patria sino su escenario.
-
La evolución de París.
-
Los cafés se llenan, los
teatros se abarrotan de alegres espectadores. Los pasajes hormiguean de
curiosos. Los timadores se agitan tras los flâneurs.
-
Interesante aventurero…
-
… y arriesgado.
-
Pero no tenemos una
imagen de lo que podría ser su apariencia.
-
Que cada quien lo
imagine como quiera. Veámoslo como un homenaje a la vida en los márgenes, un
modo de vida poliédrico que nace de la necesidad de un espacio urbano.
Me acuerdo de las galerías Lafayette. En la terraza había un monolito que recordaba que no se qué aviador había aterrizado en ella en los primeros tiempos de la aviación. Y de algunos pasajes, aunque a mí estos sitios en los que hay cosas para comprar que no voy a comprar, me aburren. Y los que yo vi necesitaban una buena limpieza. ¡Me impresiona que seas capaz de sacarles partido!
ResponderEliminarDespués de leerte me dan ganas de coger el Libro de los Pasajes de Benjamin e irme a París. Y allí sentarme en una cafetería en alguno de esos pasajes a leerlo. Claro que necesitaría "el tiempo perdido" y mucho dinero para café. Un saludo
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