Trayecto metaliterario de la mano y
palabra del
escritor Santiago Delgado.
Ha sido en “Zalacaín”, lugar literario: de poetas
y escritores, de poesía y de palabra en arte, donde se viaja en la noche por expresivo
itinerario diverso, a la vez que singular: el escritor que compila, reúne textos
propios en torno a autores, épocas, y temas inmarcesibles. Y los ofrece en una
siembra de palabras que se rocían desde el iluminado balcón, donde el tiempo se
hace presente.
El escritor Santiago Delgado convoca y reúne un puñado de escritos propios, que salpican su extensa historia literaria, así como la pervivencia de los autores y la
actualidad refrescada de los propios.
Un diálogo con los clásicos, con los
oyentes y consigo mismo.

Santiago Delgado, escritor compila fragmentos de su
historia literaria. Ubica y esclarece sentidos y oportunidad de cada pasaje.
A la vez, coordina las intervenciones.
Tiempo de diálogo y travesía de conmovedora
voz.
Comienza con Diana de Paco, (persona-mujer docente,
de fundamento escénico y cultural). Abre con dos poemas de Santiago. Los versos
envuelven lo eterno; como la incuestionable relación entre la lectura y el amor:
“Aprendemos sentimientos
leyendo a
los poetas.
¿de qué otra
manera
sabríamos
querer?”
Y el otro, en el que justifica por qué el
autor se queda con las dos espigas que son los hermanos poetas, Antonio y
Manuel:
“Por qué no,
darle valor
a la
indecisión?
Pero eso sí,
dejadme a
los dos Machado”.
Diana,
entre otros matices, con su demostrativa lectura, ha conferido a la vez tono
íntimo y cotidiano, confidencial y de convocatoria: abierta queda la amplia
puerta hacia la acogedora estancia del diálogo ilustrado.
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Textos en prosa situados en la sinrazón
que nos afecta a todos, que no haya caducidad, para no repetir:
· El exilio de Pío Baroja, escritor
señalado con el dedo acusador.
· Y la irritante apariencia de inutilidad
de los libros, que no han evitado la lucha: arrebato de León Felipe y templanza
de Rafael Alberti.
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La presencia de Federico García Lorca. En
las palabras de Santiago, dichas con intensidad modulada y conmovedora, insuperable,
por la profesora de poderosa vis dramática, Ángela Sánchez-Lafuente:
“Al pie
mismito de la misma guerra,
a matarte,
los asesinos vienen.
Los muros de
tu celda ya retienen
impactos de
culata por la tierra”.
Y que nos lleva a otra dimensión, bien
distinta, con un soneto dedicado a Jorge Luis Borges, el escritor-poeta que
concibió el paraíso como una inmensa e interminable biblioteca:
“Soñó una
alta, imposible estantería…”
en la que Ángela redime el episodio
anterior de los libros llamados y salvados de la hoguera, en una lúcida llamada
al diálogo.
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“Reparte su
mirar el caballero
entre la
flor ajada
y el amplio
ventanal atardecido,
de donde
llegan, tenues, las acordes
notas del
ruiseñor que amó Virgilio”.
Consuma Leticia Varó su emotiva intervención,
plena de matices, sobre lo efímero de la existencia en la obra de los hombres, con
el recuerdo a la violenta muerte de Garcilaso, poetizada por Santiago
Delgado:
“No subáis,
caballero,
-le advirtieron muy recio desde dentro
voces premonitoriamente oscuras-
mirad que
somos todos hombres libres.
¡Volved,
volved, si tenéis cordura!”
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“Como un homenaje
a su memoria, las aladas almas de nata levantaban sus pálidas rosas al aire
azul portugués, libre hoy, casi setenta años después”.
Momento singular, hondo y sensible ha
sido la expresividad sentida y transmitida de Sonia Varó, derramando las elegíacas
palabras de Santiago
ante la “Muerte del Poeta”:
ya habrías
dejado escrito
sobre el
muro de tu celda
aquellos
versos:
“Adiós
hermanos, camaradas, amigos,
despedidme
del sol y de los trigos”.
La voz enérgica y dulcemente afectada de Sonia resiste
e inunda el ámbito para que la muerte no sea madre de la belleza.
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Se oscurecería el círculo de luz sin la
que aporta Antonio Machado, poeta y hombre para quien las cosas tienen sustancia
y aliento, revelados en la voz segura, encantada y desenvuelta de Pepa Alcaraz:
«En él se
sentó,
y acaso leyera
unos libros,
algunas
cartas,
don Antonio
Machado,
poeta que a
Castilla cantara
y al sentido
puro de las cosas
que son, y
que siendo,
son simples,
hermosas, claras…»
Y Pepa Alcaraz concluye
su magnífica y armonizada intervención con los versos de Santiago, que perpetúan el asombro
del instante y la revelación de lo que es el ojo y lo que ve:
no hacen
sino ignorar qué es
aquello que
ven.
Porque, al
cabo,
si los ojos
que miran y ven,
no saben,
Maestro…
de nada les
vale ver».
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La palabra que cierra
el misceláneo recital, en torno a la producción metaliteraria de Santiago
Delgado, en las últimas voluntades de Cervantes, está en boca de Charo Guarino,
(poeta de fina hondura y cálida voz cercana), para hablarnos del otro Miguel, el
de Cervantes, ante el tiempo que deja de existir:
«Decido ahora, que cumple mi tiempo,
resaltar únicamente
aquellos dones que del Cielo tuve,
y que hicieron de mí hombre discreto,
cabal, honrado y bueno».
Con emotividad
a flor de voz aterciopelada, y piel plena de afecto y sentimiento, Charo Guarino
nos instala, con el texto de Santiago Delgado, en el adiós a la vida de san
Juan de la Cruz:
«…A la hora de maitines, con la noche aún cerrada de luz y abierta de estrellas,
Juan, desvelado de ensueños místicos, pregunta por los toques.
— ¿A qué tocan,
hermano? –inquiere al carmelita que lo vela.
— Son maitines, hermano –contesta el
aludido.
Transcurre un eterno instante, y
responde Juan:
— Quiere Dios que hoy los cante en su Compañía…».
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Y llegó el
final.
Invitado de realce,
comparece el poeta SØren Peñalver. Y lo hace en animado diálogo con Santiago
Delgado, a quien contribuye, en esta noche, tanto con versos de
Francisco de Aldana, poeta español del siglo XVI,
«…Y porque vano error más no me
asombre,
en algún alto y solitario nido
pienso enterrar mi ser, mi vida y nombre…»
También un poema
propio en torno al renacentista poeta aludido.
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Esto ha sido el
acto literario en el que, hoy, el escritor Santiago
Delgado ha atravesado la apasionante tormenta literaria, con éxito convincente
en su quehacer poético de obra puesta en pública y alta voz, en la excelencia del
grupo “Canna brevis” en su decir, un decir de imágenes encadenadas, metáforas, significados
que acaban siendo sonidos de eternidad, en la recreación del lenguaje, acto que
se renueva el diálogo y los libros.