Memoria y trance de una indómita BALLESTA que se interpuso entre
un alumno, sus profesores y compañeros. Finalmente, el fallecimiento de ABEL
MARTÍNEZ, profesor.
Al otro lado de la pared,
alguien, una voz femenina ha sonado fuerte y angustiada. En lo que oigo, reconozco
el rechinar del miedo. Creo que es mi compañera, la del aula contigua. Seguidamente,
escucho chillidos nerviosos de alumnas. Una evidente intuición vertiginosa me
dice que algo grave pasa. Salgo embalado para ver qué es, abro la puerta de la
clase contigua y… ¡ay, dolor!..., sí. Me duele el pecho, me hierve por dentro,
no sé qué me pasa, me mareo, está duro el suelo, parece que tengo sangre en la
boca y en la mano… Siento un escozor fortísimo como si algo me atravesara… Se
me nubla la vista, apenas oigo nada.
- Hay que salir de aquí, -dice un muchacho que ha
estado callado todo el tiempo.
- Maestra, maestra… ¿estás bien? –pregunta alterada
una alumna.
- Sí, sí, estoy bien; no es nada. ¿Y mi hija?
- Estoy
aquí, mamá.

Cerca de la puerta, dos
alumnos atienden en el suelo al profesor que entró veloz al aula, atraído por
el escándalo inicial y el inmediato silencio espeso, cuando le salió al paso
una ballesta acompañada de un cuchillo. Se le interpuso y ahora el maestro, en una
laguna de sangre, está casi desmayado.
Uno de los muchachos habla
con él.
- Y… ¿lo volverías a hacer?, -solicita el
muchacho.
- Sí, sin dudarlo. Quien grita así es porque
pide ayuda, avisa de un peligro; nos necesita y hay que acudir. No da tiempo a
pensarlo, -asegura Abel, con evidente dificultad para hablar.
- Pero tú apenas llevabas dos semanas en el
centro. Podría tratarse de un griterío por una ocasión diferente, –insiste el
alumno.
- No, no podía ser eso. Por experiencia,
distingo entre lo que es alboroto y lo que es otra cosa. La algarabía
desgarrada indicaba un peligro. ¿Cómo ignorarlo?
- Pero habría que llevar cuidado.
- Cualquiera que lo hubiera escuchado habría ido
a ver qué pasa. Yo así lo hice.
Este es un diálogo que no
existió, no pudo darse tras el doloroso suceso en el instituto “Joan Fuster”. Abel,
el profesor que impartía una clase de Historia, no ha podido contarlo, porque
un alumno perturbado le ha quitado la voz y la libertad, aún más que eso: le ha
anulado la vida.
En un intento de ponderación
que evite la irritación y de precipitadas exigencias teñidas por el lamento, descartando
decisiones drásticas.
· Han pasado dos días de
este más que lamentable suceso, que conocemos. Las autoridades quieren que sea considerado
como un hecho aislado, (pues de no ser así, sería reconocer el fracaso de las
acciones administrativas y políticas). Ya que el alumno era ‘normal’, ¿qué explicación
se expondría de ser un individuo con antecedentes violentos?
Oigo culpar de los hechos
a la “sociedad” –?- (el chico ballestero tiene 13 años
y no se le puede imputar).
Y comienzo por considerar
que la educación
es un derecho que se ejerce y no se impone.
Atiendo a que educar
es asunto de la familia y del entorno cercano. En las aulas se puede colaborar,
ayudar.
La gestión política se
apropió de este deber ciudadano. Y estimo que ignora voluntariamente que, en el
aula, sólo se acoge a los alumnos durante unas pocas horas. Si cualquier alumno
pasa fuera del aula unas 17-18 horas, creo que es fácil entender en quiénes recae
la
obligación de educar.
El centro educativo, con
todas sus motivaciones y formas didácticas, debería de mostrar los saberes
(como decía Alfonso X el Sabio), a enseñar del modo más atractivo, a orientar
con estímulo en el camino del conocimiento de las ciencias físicas y las humanas,
a despertar y usar la sensibilidad lectora y creativa, así como introducir en
destrezas y técnicas, incluidas las que se viene haciendo con éxito: la
mediación en la resolución de conflictos y educación para la Paz. Los alumnos
que no vienen iniciados desde casa, se advierten algo refractarios e
impermeables a razones, sugerencias y orientaciones. La educación es responsabilidad
de otros ámbitos, aunque se haya delegado en el aula.
Entonces, ¿qué “sociedad”
ha de educar?
(En el caso que ahora nos
ocupa, podríamos asignarle la función a una supuesta e improbable asociación de
internautas ballesteros y cazadores, con notables carencias formativas, pues este
“asociado” ignora que el primer derecho lo es a la vida).
Que la educación está
asumida por los Estados, para su interés, lo manifiesta, por ejemplo, que en
los países de occidente- España, destacada- se abandonó toda vez que, en la
época de bonanza económica, muchos jóvenes sin apenas formación ganaban mucho
más que quienes habían cursado una carrera universitaria: el estudio y la
formación dejó de ser un aliciente o estímulo.
(En los estados de
inspiración islámica: la educación es obligatoria y en manos de quienes
sabemos).
· “¿Qué hacer?” (pregunta histórica renovada)
· Delimitar
responsabilidades en educación y enseñanza. Y la claridad de que, la de
docente, no puede ser una profesión de alto riesgo. Si el sistema educativo
permite violencia –y otras manifestaciones de tensión contra el formador-, algo
no funciona. Y es necesario que se actúe.
Advierto de la necesidad
de otro modelo de educación, fundamentado en el cambio real de la vida social.
Algo de revolución ha de contener; porque no es “que todo cambie para que todo siga igual” (que decía el príncipe de Salina, “El Gatopardo”).
Desde luego, no se trata de que los colegios e
institutos sean fortalezas custodiadas por policías. Desde el primer momento,
su sola presencia ya ‘educaría’ en un sentido, quizá no deseable.
Lo de informar a las
familias; institución en la que sus componentes pocas veces reconocen que se
han equivocado en algo, requiere un plan metódico; no una respuesta acelerada
por el suceso.
Dotar a los centros de más
psicólogos,…
Sin un marco proyectado
hacia el futuro, resultaría ser un parcheo ocasional, movido por las
circunstancias. Y que, al desgastarse, mostraría que los problemas no se han
solucionado.
· Formación, sin
exclusión, pero para quien la quiera. (Esto puede chirriar, pero, pensémoslo
despacio: puede rebajar el nivel de violencia derivado de la incomodidad).
¿Tiene sentido educar,
instruir a quien no quiere serlo y que, desde su ambiente, se le apruebe ese desinterés?
Quizá se tema, difusamente, qué tormento sobrevendrá; y que no es así. (Ya
señalamos lo del éxito económico de quienes no tenían formación).
Lo de enseñanza
obligatoria, además de dar oportunidad a todos, incluidas
las clases más desfavorecidas, debiera contener el favorecimiento de quienes quieren
aprovechar la oportunidad. Y sin obligar a los “recogidos”, los que no se cultivan
y, además, estorban a los que sí quieren.
Los líderes y gestores de
la sociedad (no sólo los políticos): que piensen y ofrezcan un nuevo contrato social
ajustado a la realidad.
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- “Llevas menos de un mes en el instituto, en
una sustitución, -le repite un compañero recién llegado, para mantenerle
consciente, mientras llegan los servicios sanitarios.
- Eso es. Es la lucha por un puesto de trabajo.
Los interinos y contratados debemos, y queremos acumular puntuación, baremo,
méritos,… aunque seamos casi nómadas, sin raíces y con la casa a cuestas. Todo
por el trabajo. Un trabajo para vivir. Y, ya ves, qué riesgo: creemos en la
vida y nos encontramos con esto que surge, -habla con mayor dificultad el
profesor, tendido en el suelo.
- Nadie se explica cómo un alumno, que es menor de
edad y sin problemas aparentes
de familia, pueda hacer esto.
- Mala suerte… Una ballesta y un machete
salieron a mi encuentro.
- Todos estamos contigo.
- Pero no seré yo quien pase a la pequeña o
grande historia de a quien se anuló en su trabajo y en su futuro.
- Gracias por tu valentía. Hoy alguien ha
truncado tu camino y tu vida:
“…matómela
un ballestero
déle Dios
mal galardón”
- El de
la ballesta pasará a la historia, al menos en los periódicos y televisiones:
los focos están puestos y se mantendrán sobre él.
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Es
esta una ficción narrativa para una toma de postura y opinión. Por imaginar a Abel, el profesor, con su voz
exponente, después de que se la han silenciado, para siempre.
Es un riesgo, sí.
Mas no hay actitud visceral, aunque la consternación es muy grande.
Descanse
en paz el compañero docente, Abel.
Que
se recuperen pronto los heridos.
Y
que los afectados, familiares y todo el instituto, asimilen y superen lo
ocurrido.
Magnífica la voz, emocionantes las palabras con la que has hablado en nombre de ese profesor. Donde quiera que esté estoy convencida de que te lo agradecerá. Hace que impliques a quien lo lea en el meollo de la tragedia, que sienta en su piel esa herida como propia. Añado a tu desiderata final, un ojalá para que las familias y las autoridades comiencen a ver el asunto de la educación desde otra perspectiva, como la que tú nos muestras en tu escrito. Muchas gracias por hacerlo. Sé que te ha resultado muy doloroso, que quedaste conmocionado, como todos, pero has canalizado ese dolor e impotencia escribiendo y compartiéndolo con todos. Gracias por ello.
ResponderEliminarMuchas gracias, M.J., tanto por tu tiempo, tus palabras como porque te llegue el contenido de esta "entrada". Yo no tengo 'soluciones'; pero sé que, tal como está, esto de la educación/enseñanza no funciona. Y habrá, tanto expertos como quienes toman decisiones, que deberán atender a esto. Es muy difícil, porque todo cambio educativo pasa previamente por un cambio, casi revolucionario, de las estructuras y las relaciones sociales. En fin...
ResponderEliminarGracias, de nuevo.
TRINIDAD MARTÍNEZ ARÁEZ30 de abril de 2015, 22:46
ResponderEliminarEncantada de poder leerte. Como era de suponer se cumplen las expectativas en tus textos. Me ha gustado mucho la entrada del profesor asesinado por un "niño" de 13 años. ¿Dónde está el fallo? Personas desequlibradas las ha habido siempre y siempre las habrá. ¿La familia, la sociedad, el sistema educativo? Locos Juan. Espero que ese crío sepa recomponerse porque otra cosa no le va a pasar. Pienso también en la amargura que esos padres tienen que estar sintiendo por la acción de su hijo, pero claro ellos van a seguir "disfrutándolo" y la familia del profesor se va a conformar con llevarle flores a su tumba.
Seguiré por aquí.