lunes, 1 de junio de 2015

TRAYECTO EN SUEÑO Y UN CÍRCULO AL DESPERTAR.


Caminas entre el paisaje y los momentáneos paseantes que lo habitan. Te detienes un instante, “¡Qué árbol…!” ante un delicado roble joven, abrazado por el suelo húmedo. La bruma de la mañana empaña el paisaje. Los senderos están desiertos. La luz amarillenta da un cierto aire histórico: hay restos de árboles talados y los troncos exhalan cierta fragancia a campo. Es una impresión de vivir en una fotografía, al lado del gris en forma de árbol y de piedra en legendaria decadencia.

Es otra vivencia en la que observo el mismo lugar, tantas veces frecuentado. Las casas, algunas pequeñas, desde las que, al pasar, se respira la fragancia de macetas floridas, agrupadas en reducidos patios delanteros. 

Las palabras de todos los días no fluyen con facilidad, ocultas en un velo de sentimiento, cuando se quiere dialogar de lo cotidiano con ingenio y brevedad.

Miro a los caminantes en su prisa o en su parsimonia, a quienes se sientan al refugio de la sombra.

Aguardo para escuchar una conversación real. Acuden las vacilaciones y el temor de repetir lo que ya se sabe de otras ocasiones, se recuperan fragmentos de recuerdos. Una historia, un barrio o un paisaje pueden ser evocados. O uno para sí mismo es lo conocido, y su forma no puede cambiar el color de los ojos. Suena a comentario extraño. No digo nada. Las hojas se cimbrean con la brisa de una danza en remolino.


 La libertad brota siempre de la invención, en el equilibrio de lo desconocido, a la busca de espacios de soledad en los que olvidar escenarios vacíos.

Sueño mundo y tiempo
envueltos en voluntad apasionada.
Quiero, aceptado en tu escucha,
trasladarte a espacios
donde conversarte,
sin la estrechez de la infinitud.
Antes de que el universo oscurezca,
la música suene sin sombra
y abra lo nuevo, sin palabras,
cuando en caminos diversos
descubro tu mirada.
Enardecido y ebrio
en el placer de leer
tu cuerpo,
grandioso como un desierto,
las letras de tu libro.

Te espero.


 La lluvia inesperada arrecia y se me antoja áspera.
En una fugaz hebra están, sostenidas y blancas, cada palabra con extraordinaria pureza, como seda inexplorada.

-     ¿Viniste en busca de algo? ¿De qué realidad? ¿Te encontraste con la tristeza misma?

      -  No había nada que ver.

Parece un juego conmigo mismo.
Me iré enseguida.
Con un libro nuevo bajo el brazo.

-  ¿Estuviste en el oasis y no viste nada?

-               -  Nada,me avergoncé—. Sólo vi el árbol.

2 comentarios:

  1. Un paseo único, como siempre que se hace acompañado por tus palabras, con la visita inesperada y siempre gozosa de la lluvia. Y no te avergüences de haber visto solo un árbol porque no fue así: a tus lectores nos has transmitido muchísimo más.

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