Fue en O
Grove.
Desde un
puerto activo de mariscadores.
Luego, en el
traslado por barco, a la vista de las bateas de donde se obtienen los
mejillones, que son como grietas del deseo en la vida.
Viajar libera
de lo sedentario cotidiano. Y porque se entra en un activo paréntesis para los
sentidos: irrumpe lo distinto que, casi por sí mismo, se observa y se vive como
extraordinario, admirable y satisfactorio.
Este de ahora,
aquí, sí que es un momento ‘turístico’ al más puro estilo: un barco
restaurante, música fuerte, una botella de albariño, mejillones… y si quieres
media docena de ostras o si son navajas, hay que pagar aparte del viaje, que
solo incluye paseo, mejillones y albariño.
Son los “poyas”…, “pos ya que estamos…”
En momentos de
crisis como el actual se necesita de viajes intensos que nos lancen con
emociones extremas. Sirven como catarsis para volver a las preguntas
esenciales: el amor, la existencia o la diversión. Todo va a la raíz, a la búsqueda
de donde nace el deseo inevitable. Eso es universal.
Marcan caminos
que adentran en el agua y en aquello que somos. Una y otra vez necesitamos
asomarnos a ese precipicio. Camino que contiene íntima vibración: las cosas ahí
están, en lo que ofrecen.
La narración,
para que sea efectiva, ha de convencer. En los detalles, para dar a entender
que lo que estamos contando ha sido vivido; o bien mostrar que estamos hablando
de una experiencia asimilada por la conciencia y que puede ser contada de forma
simple. Partidario de recurrir a los detalles, que sean significativos.
Mar para un autorretrato
Como un
niño callado
que juega
solo,
permanezco en estos ojos
permanezco en estos ojos
del
mediodía
escucho los confusos versos del mar
y el grito humano
en las aguas transparentes y frías
de la bahía de O Grove,
escucho los confusos versos del mar
y el grito humano
en las aguas transparentes y frías
de la bahía de O Grove,
refugio
para los cuentos.
Ante el mar, el silencio.
Ante el mar, el silencio.
Brilla un
cielo oscuro de ciruelas
y viene el alcohol frío a los ojos.
Y el vino, dentro de mí se oculta,
y protege de la claridad.
y viene el alcohol frío a los ojos.
Y el vino, dentro de mí se oculta,
y protege de la claridad.
Palabras sordas
de ausencia que se desplazan a ámbitos y espacios más o menos distantes, vacación
conjugada con el deseo.
De regreso al
puerto, como cuando se retorne a casa, volvemos todos a donde solíamos, (Ulises
no quería regresar a Ítaca), estómago con memoria de manjares y comidas
desacostumbrados, la mente llena de vistas de paisajes, vivencias y recuerdos,
también en olvidos y silencios.
Y pensamos: “la próxima vez llevaré un libro pequeño para no sentirme solo”.
La marea se fue, está baja.
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